martes, febrero 14, 2006

Las leyendas se tornaron reales (o casi)

No vi a Juanito jugar, apenas vi los últimos coletazos de la Quinta del Buitre. Recuerdo cuando Juanito falleció, que en mi casa se hizo el silencio. Ése es el único recuerdo que tengo del genial delantero madridista. Sin embargo, a lo largo de mi corta historia, los medios, el Madrid y algún familiar acérrimo se han encargado de contarme quién era aquél mítico jugador. En la última semana, todavía más. Cuando el Madrid ganó la séptima, empecé a comprender aquellas leyendas que se contaban del equipo blanco, de sus logros, de sus laureles. Así que sólo me faltaba vivir épicas remontadas. Pero, el fútbol es muy diferente al de aquella época y las remontadas parecen cosas de viejos VHS. Y eso que la prensa y el Real Madrid llevan una semana recordándonos aquellas viejas glorias, esos 90 minuti en el Bernabéu que son molto longo.

No fui yo solo el que no creyó en la remontada. Ya digo que el fútbol es muy distinto al de aquellos años. Máxime cuando el equipo de Chamartín ha perdido el olor a sudor en favor del perfume y esas cosas de machacar al rival parecen tareas arduas y demasiado bajas para los galácticos. Así que esta tarde, a eso de las nueve, la idea de ver el Real Madrid-Zaragoza era más un puro entretenimiento, una forma de pasar el rato viendo algo de fútbol. No había tenido tiempo para poner el partido ni encender la radio, cuando un amigo se apresuraba a decirme que en el marcador del Bernabéu lucía un 3-0. A mí me ha dado por reír y decirle que dejase de tomarme el pelo. Eran las 21.12 horas. Y sí. El Real Madrid vencía por 3-0. Pim, pam, pum.

En ese instante, a un futbolero no se le pasa otra cosa por la cabeza que ver el partido. En cuanto la imagen estaba ante mí he descubierto un Madrid extasiado, fuera de sí, y un Zaragoza deprimido, acongojado y descubriendo que aquellas leyendas eran ciertas. No estaba Juanito, ni siquiera Raúl. Pero sí Casillas, absolutamente loco (como han de ser los porteros) que contagiaba su locura a los otros once de blancos. Y el Bernabéu como una olla, eso sí que no lo recordaba, ese público cantando, animando durante los 90 minutos.

En la segunda parte llegó el cuarto. A un paso de la gloria infinita, a un paso de redondear la épica y callarnos a todos los que desconfiamos. Más allá de Casillas, de los propios jugadores, creo que buena parte de la culpa de esta reacción tremenda la tiene Juan Ramón López Caro, ese hombre que llegó sin hacer ruido y está logrando algo que ninguno de sus antecesores en las últimas dos campañas y media: un equipo. El Madrid ha cambiado básicamente en esa idea que el técnico lebrijano resumió así: "Debemos cambiar el yo por el nosotros". Se puede decir más alto, pero no más claro.

Pero, por muy bonito que pintase aquello, había que lograr el quinto. Y se resistió. Me queda la duda de si lo del Real Madrid tiene más mérito que lo que hizo el Zaragoza en la ida. Para mí, cualquiera de los dos debería estar en la final y considero esta eliminatoria la verdadera final y el mejor aliciente que podía tener la Copa. Ambos fueron dos equipos valientes, geniales, llenos de fútbol que han logrado que toda España mire a un torneo que comenzaba a llenarse de polvo y telarañas en el olvido.

Así, ambos equipos deben sonreir esta noche cuando se acuesten. El Zaragoza porque es finalista de la Copa del Rey con total mérito. Además, Víctor Muñoz (prácticamente destituido en las primeras jornadas de la temporada) cuenta con un equipazo con cuatro puntales para mí básicos: Gabi Milito, Cani, Diego Milito y Ewerthon. El Madrid, por su parte, debe sonreir porque sólo le faltó esa suerte que históricamente le ha acompañado y, carajo, los modestos también tienen derecho a ser felices a pesar del sufrimiento. Pero los blancos, por encima de todo, recuperaron la esencia perdida en los últimos años. Y lograron, por qué no decirlo, que yo me crea las historias que escuchaba en mi casa de crío. Hoy creo a Juanito: 90 minuti en el Bernabéu son molto longo.

No hay comentarios: